Semanas después solicité el divorcio.
No por el agua.
No por las burlas.
Sino porque comprendí que una persona que permite que otros te humillen no merece compartir tu vida.
Meses más tarde nació mi hija.
Y mientras la sostenía por primera vez, hice una promesa.
Le enseñaría que el verdadero valor de una persona no depende de su apellido, de su cuenta bancaria ni de la opinión de los demás.
Porque el respeto nunca debe ganarse con riqueza.
Debe existir desde el principio.
Y quien solo te valora cuando descubre tu éxito, nunca te valoró de verdad.












