Una vez en el automóvil, Michael me miró. “¿Te encuentras bien? ¿Has comido algo dañado?”
Respiré hondo. “Jordan se me insinuó”, dije.
Las manos de Michael se tensaron sobre el volante. “¿Qué? Ese imbécil”. Apretó la mandíbula. “Voy a hablar con él”.

Sólo con fines ilustrativos. | Fuente: Midjourney
Michael habló con Jordan, pero éste se rió. Alegó que sólo me estaba “poniendo a prueba” como hermano mayor de Michael, como si eso excusara su comportamiento. No le creí ni por un segundo, pero Michael no se opuso.
A veces me preguntaba si tendría miedo de Jordan. De pequeño, Jordan lo había acosado y se había burlado de él constantemente.
Siempre encontraba formas de hacer que Michael se sintiera pequeño, como si fuera menos que él. Su relación nunca había sido estrecha, pero Michael seguía intentando mantener la paz.

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Pero cuando Jordan no paraba, incluso Michael tuvo que admitir que ya no era una broma.
Entonces empezaron los mensajes. Mensajes inapropiados. Fotos indeseadas. Palabras repugnantes. Bloqueé su número.
Cuando le dije a Michael que no quería a Jordan en nuestra boda, aceptó enseguida.

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Una noche, Michael llegó a casa con aspecto agotado. Suspiró y se dejó caer en el sofá a mi lado, con los hombros cargados de tensión.
“¿Qué pasó?”, le pregunté, notando cómo se le hundían los hombros.
Se frotó la cara y soltó un largo suspiro. “Hablé con mis padres. Han dicho que si Jordan no está invitado a la boda, ellos tampoco vendrán”. Su voz era tranquila, cargada de frustración.

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Sentí un fuerte pinchazo en el pecho. “No es justo”, dije, con las manos apretadas en puños.
“Lo sé”, murmuró Michael, mirando al suelo.
“La forma en que me trata es razón suficiente para que no lo quiera allí. Me acosó, me envió mensajes repugnantes. ¿Por qué eso no les importa?” Mi voz vaciló.
Michael no respondió. Se quedó sentado, con la mirada perdida.

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Exhalé, con el peso de la situación presionándome. “Está bien. Invitaremos a Jordan”, dije, con la voz tensa.
Michael levantó la cabeza. “¿Estás segura?”
“No es que tengamos muchas opciones. Pero tus padres tienen que asegurarse de que no tenga que verlo”, dije con firmeza.
Michael me rodeó con los brazos. “Eres la mejor”, susurró.

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Por fin llegó el día de la boda. Mi corazón estaba tan lleno que creía que iba a estallar.
Había soñado con este momento durante años, y por fin había llegado. Me casaba con el hombre al que amaba más que a nada, y nada podría arruinar mi día. Ni el estrés, ni los nervios, ni siquiera Jordan.
O eso creía yo.

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Estaba en la habitación nupcial de la iglesia, de pie frente al espejo mientras mis damas de honor me ayudaban con los últimos retoques.
El vestido era perfecto. Todo era perfecto. Entonces llamaron a la puerta.
Sonriendo, me volví para abrirla. Se me cortó la respiración cuando vi a Jordan allí de pie.

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“¿Qué estás…?” Antes de que pudiera terminar, levantó un valde y, con un rápido movimiento, vertió su contenido sobre mí. Un líquido frío y pegajoso empapó mi vestido, mi piel y mi pelo.
“Esto es por rechazarme, bruja”, se mofó.
Grité. Primero me llegó el olor a pintura. De mis brazos goteaba un verde brillante. Mi hermoso vestido blanco estaba estropeado.

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“¿Estás loco?”, grité, con la voz temblorosa.
Jordan sólo se rió, con los ojos brillantes de satisfacción, y me cerró la puerta en las narices.
Se me doblaron las rodillas y me desplomé sobre la silla, sollozando. Mis damas de honor entraron corriendo, con caras de horror.

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